IMG_0648
Spread the love

La osteoporosis es una enfermedad del sistema esquelético caracterizada por la disminución de la densidad y la calidad del tejido óseo, lo que provoca que los huesos se vuelvan más frágiles y susceptibles a fracturas. Es considerada una de las enfermedades óseas más frecuentes en el mundo y representa un importante problema de salud pública debido al envejecimiento de la población. Aunque puede afectar a personas de cualquier edad, es más común en adultos mayores, especialmente en mujeres después de la menopausia.

El hueso es un tejido vivo que se encuentra en constante renovación. Durante toda la vida ocurre un proceso denominado remodelación ósea, en el que unas células llamadas osteoclastos eliminan hueso viejo mientras que otras, conocidas como osteoblastos, forman hueso nuevo. En condiciones normales ambos procesos permanecen equilibrados. Sin embargo, en la osteoporosis la destrucción del hueso supera a su formación, lo que ocasiona una pérdida progresiva de masa ósea y altera la arquitectura interna del hueso, disminuyendo su resistencia.

Existen dos tipos principales de osteoporosis. La osteoporosis primaria es la más frecuente y está relacionada con el envejecimiento y la disminución de hormonas sexuales, principalmente estrógenos en las mujeres después de la menopausia y testosterona en algunos hombres mayores. La osteoporosis secundaria aparece como consecuencia de otras enfermedades o del uso prolongado de ciertos medicamentos, como los corticosteroides.

Diversos factores aumentan el riesgo de desarrollar osteoporosis. La edad avanzada es uno de los más importantes, ya que la pérdida de masa ósea se acelera con el paso de los años. Ser mujer, especialmente después de la menopausia, tener antecedentes familiares de osteoporosis o fracturas por fragilidad, presentar un bajo peso corporal, consumir tabaco, ingerir alcohol en exceso, llevar una dieta pobre en calcio y vitamina D, realizar poca actividad física y padecer enfermedades como artritis reumatoide, hipertiroidismo, enfermedad renal crónica o trastornos de absorción intestinal también incrementan el riesgo.

En las primeras etapas, la osteoporosis generalmente no produce síntomas, por lo que suele conocerse como una enfermedad silenciosa. Muchas personas descubren que la padecen después de sufrir una fractura por un golpe leve o incluso sin un traumatismo importante. Conforme la enfermedad avanza pueden aparecer dolor de espalda debido a fracturas vertebrales, pérdida de estatura, encorvamiento progresivo de la columna conocido como cifosis y fracturas frecuentes, especialmente en la cadera, las vértebras y la muñeca.

Las fracturas por osteoporosis representan la principal complicación de la enfermedad. Las fracturas de cadera son especialmente graves porque pueden requerir cirugía, ocasionar discapacidad permanente y aumentar el riesgo de mortalidad en adultos mayores. Las fracturas vertebrales pueden provocar dolor crónico, deformidad de la columna y disminución de la capacidad pulmonar debido a la alteración de la postura.

El diagnóstico se basa en la evaluación de los factores de riesgo, la exploración física y estudios de imagen. La prueba más utilizada es la densitometría ósea o absorciometría de rayos X de energía dual (DEXA), considerada el método de referencia para medir la densidad mineral ósea. Sus resultados se expresan mediante la puntuación T (T-score). Un valor entre +1 y -1 se considera normal; entre -1 y -2.5 indica osteopenia, que corresponde a una disminución de la masa ósea sin llegar a osteoporosis; una puntuación igual o inferior a -2.5 confirma el diagnóstico de osteoporosis.

Además de la densitometría, el médico puede solicitar análisis de sangre para evaluar los niveles de calcio, fósforo, vitamina D, función renal, función tiroidea y otros estudios destinados a identificar causas secundarias de pérdida ósea.

El tratamiento tiene como objetivos disminuir el riesgo de fracturas, fortalecer los huesos y mejorar la calidad de vida. Las medidas generales incluyen una alimentación rica en calcio, una adecuada exposición al sol para favorecer la producción de vitamina D o el uso de suplementos cuando sean necesarios, realizar ejercicios con carga como caminar, subir escaleras o entrenamiento de fuerza, evitar el tabaquismo y limitar el consumo de alcohol.

Cuando el riesgo de fractura es elevado o ya existen fracturas por fragilidad, pueden indicarse medicamentos específicos. Los bisfosfonatos son los más utilizados y ayudan a disminuir la pérdida de masa ósea. También existen otros tratamientos como denosumab, teriparatida, abaloparatida, romosozumab y, en casos seleccionados, terapia hormonal o moduladores selectivos de los receptores de estrógenos. La elección depende de la edad, el sexo, el riesgo de fracturas y las características individuales de cada paciente.

La prevención de la osteoporosis debe comenzar desde edades tempranas mediante el desarrollo de una buena masa ósea durante la infancia y la adolescencia. Mantener una alimentación equilibrada con suficiente calcio y vitamina D, practicar ejercicio de forma regular, evitar el sedentarismo, no fumar y moderar el consumo de alcohol son medidas fundamentales. En adultos mayores también es importante prevenir las caídas mediante una buena iluminación en el hogar, el uso de calzado adecuado, la corrección de problemas visuales y el fortalecimiento del equilibrio y la fuerza muscular.

El pronóstico depende del momento del diagnóstico y de la adherencia al tratamiento. Aunque la osteoporosis no tiene una cura definitiva, puede controlarse eficazmente. Un tratamiento oportuno, acompañado de hábitos de vida saludables y seguimiento médico periódico, permite reducir significativamente el riesgo de fracturas, conservar la movilidad y mantener una buena calidad de vida durante muchos años.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *