Tuberculosis latente (infección tuberculosa latente)
La tuberculosis latente es una condición en la que una persona está infectada por la bacteria Mycobacterium tuberculosis, pero no presenta síntomas de la enfermedad activa ni puede transmitirla a otras personas. En este estado, el sistema inmunológico logra contener a la bacteria, manteniéndola inactiva dentro del organismo, principalmente en los pulmones, aunque puede localizarse en otros tejidos.
A diferencia de la tuberculosis activa, la tuberculosis latente no produce tos, fiebre, sudoraciones nocturnas, pérdida de peso ni malestar general. La persona se siente completamente sana y, en la mayoría de los casos, desconoce que está infectada, ya que la condición solo se detecta mediante pruebas específicas.
La forma en que se adquiere la tuberculosis latente es la misma que la tuberculosis activa: por la inhalación de gotitas respiratorias expulsadas al aire por una persona con tuberculosis pulmonar activa al toser, estornudar, hablar o cantar. Sin embargo, no todas las personas expuestas desarrollan la enfermedad activa; muchas desarrollan la forma latente.
Desde el punto de vista inmunológico, en la tuberculosis latente las bacterias permanecen encapsuladas en estructuras llamadas granulomas. Estas estructuras evitan que la bacteria se multiplique y cause daño tisular, pero no la eliminan por completo. Por ello, existe el riesgo de que, en algún momento de la vida, la infección latente progrese a tuberculosis activa.
El riesgo de reactivación depende de varios factores. Es mayor en personas con sistemas inmunológicos debilitados, como quienes viven con VIH, pacientes con diabetes mellitus, personas desnutridas, adultos mayores, personas en tratamiento con corticoides o medicamentos inmunosupresores, y pacientes con cáncer. También puede aumentar en situaciones de estrés físico intenso o enfermedades crónicas.
Para el diagnóstico de la tuberculosis latente se utilizan principalmente dos pruebas. La primera es la prueba cutánea de la tuberculina (PPD o Mantoux), que evalúa la reacción del sistema inmunológico ante antígenos de la bacteria. La segunda son las pruebas de liberación de interferón gamma (IGRA), que se realizan mediante un análisis de sangre y tienen mayor especificidad, especialmente en personas vacunadas con BCG.
Es importante destacar que las pruebas para tuberculosis latente no distinguen entre infección pasada y actual, ni indican cuándo ocurrió el contagio. Además, una radiografía de tórax suele ser normal en la tuberculosis latente, ya que no hay daño pulmonar activo.
El tratamiento de la tuberculosis latente tiene como objetivo prevenir la progresión a tuberculosis activa. Aunque la persona no esté enferma ni sea contagiosa, el tratamiento reduce de manera significativa el riesgo de reactivación futura. Los esquemas de tratamiento pueden variar, pero generalmente incluyen fármacos como isoniazida, rifampicina o una combinación de ambos durante varios meses, dependiendo del protocolo médico.
El cumplimiento del tratamiento es fundamental, ya que abandonarlo puede disminuir su eficacia y aumentar el riesgo de desarrollar tuberculosis activa en el futuro. Durante el tratamiento, el médico realiza seguimiento para detectar posibles efectos secundarios, especialmente a nivel hepático.
Desde el punto de vista de salud pública, la detección y tratamiento de la tuberculosis latente es una estrategia clave para el control y eventual eliminación de la tuberculosis, ya que reduce el reservorio de personas que podrían desarrollar y transmitir la enfermedad en el futuro.
En conclusión, la tuberculosis latente es una infección silenciosa, sin síntomas y no contagiosa, pero con potencial de convertirse en una enfermedad grave si no se identifica y trata adecuadamente. Su diagnóstico oportuno y manejo correcto son esenciales para proteger la salud individual y colectiva.
