Artrosis (osteoartritis): explicación completa

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La artrosis, también conocida como osteoartritis, es una enfermedad articular crónica y degenerativa que se caracteriza por el desgaste progresivo del cartílago que recubre los extremos de los huesos en una articulación. El cartílago tiene la función de permitir que las superficies óseas se deslicen suavemente entre sí y de absorber impactos; cuando este tejido se deteriora, los huesos comienzan a rozar directamente, lo que provoca dolor, rigidez y limitación del movimiento. Es una de las enfermedades reumáticas más frecuentes en el mundo y afecta principalmente a adultos mayores, aunque también puede presentarse en personas jóvenes.

A diferencia de otras enfermedades articulares inflamatorias, como la artritis reumatoide, la artrosis no es un trastorno autoinmune. Su origen está relacionado con el envejecimiento natural de las articulaciones, la sobrecarga mecánica, lesiones previas o alteraciones estructurales. Sin embargo, no debe considerarse una consecuencia “normal” de la edad, ya que no todas las personas mayores la desarrollan ni todas las articulaciones envejecen de la misma manera.

Desde el punto de vista anatómico, en la artrosis no solo se afecta el cartílago. Con el avance de la enfermedad también se producen cambios en el hueso subcondral, que se vuelve más denso y puede formar crecimientos óseos llamados osteofitos. Además, la membrana sinovial puede inflamarse de forma leve y el líquido articular puede disminuir o perder calidad, lo que empeora la lubricación de la articulación.

Las articulaciones que se afectan con mayor frecuencia son las rodillas, caderas, columna vertebral (cervical y lumbar), manos y pies. En las manos es común que se presenten deformidades visibles, como los nódulos de Heberden y Bouchard, mientras que en la rodilla y la cadera la artrosis suele impactar de forma importante en la movilidad y la calidad de vida del paciente.

Entre los síntomas principales de la artrosis se encuentra el dolor articular, que suele empeorar con la actividad física y mejorar con el reposo. A diferencia de los procesos inflamatorios, el dolor no suele ser más intenso por la noche, aunque en etapas avanzadas puede volverse constante. La rigidez articular es otro síntoma típico, especialmente al despertar o después de permanecer mucho tiempo en reposo, pero generalmente dura menos de 30 minutos. También pueden aparecer crujidos al mover la articulación, disminución del rango de movimiento, inflamación leve y, en fases avanzadas, deformidad articular.

Los factores de riesgo para desarrollar artrosis incluyen la edad avanzada, el sobrepeso y la obesidad, ya que el exceso de peso aumenta la carga sobre articulaciones como las rodillas y las caderas. También influyen las lesiones articulares previas, como fracturas o desgarros de ligamentos, ciertas actividades laborales o deportivas que implican movimientos repetitivos, y factores genéticos. Las alteraciones en la alineación de las articulaciones, como las piernas arqueadas, también favorecen el desgaste desigual del cartílago.

El diagnóstico de la artrosis se basa principalmente en la evaluación clínica y en estudios de imagen. La radiografía es el método más utilizado, ya que permite observar el estrechamiento del espacio articular, la presencia de osteofitos y los cambios en el hueso. En algunos casos se pueden solicitar resonancia magnética o tomografía, especialmente si se desea evaluar el estado del cartílago o descartar otras causas de dolor articular. Los análisis de sangre generalmente son normales y se utilizan más para excluir enfermedades inflamatorias.

En cuanto al tratamiento, la artrosis no tiene cura, pero existen múltiples estrategias para controlar los síntomas y frenar la progresión del daño articular. El tratamiento suele ser integral y personalizado. Las medidas no farmacológicas son fundamentales e incluyen la pérdida de peso, la realización de ejercicio regular de bajo impacto, como natación o bicicleta, y la fisioterapia para fortalecer los músculos que rodean la articulación y mejorar la estabilidad.

El tratamiento farmacológico puede incluir analgésicos como el paracetamol, antiinflamatorios no esteroideos para controlar el dolor y la inflamación, y en algunos casos infiltraciones intraarticulares con corticoides o ácido hialurónico. Estos tratamientos buscan aliviar los síntomas, pero no regeneran el cartílago dañado. En etapas avanzadas, cuando el dolor es severo y la función está muy limitada, puede considerarse el tratamiento quirúrgico, como la colocación de prótesis articulares.

La artrosis es una enfermedad de evolución lenta pero progresiva, que puede tener un impacto significativo en la calidad de vida si no se maneja adecuadamente. Sin embargo, con un diagnóstico oportuno, cambios en el estilo de vida y un tratamiento adecuado, muchas personas pueden mantener una buena funcionalidad y reducir el dolor durante años. La educación del paciente y la constancia en el cuidado de las articulaciones son claves para convivir de manera activa con esta enfermedad.

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