Enteritis: inflamación del intestino delgado
La enteritis es una afección caracterizada por la inflamación del intestino delgado, órgano fundamental para la digestión y la absorción de nutrientes. Esta inflamación puede presentarse de forma aguda o crónica y tener múltiples causas, desde infecciones hasta enfermedades autoinmunes o efectos secundarios de tratamientos médicos. Dependiendo de su origen y duración, la enteritis puede variar desde un cuadro leve y autolimitado hasta una condición grave que requiere atención médica especializada.
Una de las causas más frecuentes de enteritis es la infección, ya sea por virus, bacterias o parásitos. Los virus como el norovirus y el rotavirus son comunes, especialmente en niños, mientras que bacterias como Salmonella, Escherichia coli, Campylobacter y Shigella suelen adquirirse a través de alimentos o agua contaminados. Los parásitos, como Giardia lamblia, también pueden provocar enteritis, sobre todo en zonas con deficiente saneamiento. En estos casos, la inflamación es una respuesta del organismo a la agresión del agente infeccioso.
Además de las infecciones, la enteritis puede ser consecuencia de enfermedades inflamatorias crónicas del intestino, como la enfermedad de Crohn, en la que el sistema inmunológico ataca por error el tejido intestinal. También puede aparecer como efecto secundario de la radioterapia aplicada en la región abdominal o pélvica, conocida como enteritis por radiación, o por el uso de ciertos medicamentos, como antiinflamatorios no esteroideos, antibióticos y quimioterapias. Otras causas incluyen intolerancias alimentarias, como la enfermedad celíaca, y alteraciones en la circulación sanguínea del intestino.
Los síntomas de la enteritis dependen de la causa y la gravedad del proceso inflamatorio. El síntoma más común es la diarrea, que puede ser acuosa y frecuente. A esto se suman dolor abdominal tipo cólico, distensión abdominal, náuseas, vómitos y pérdida del apetito. En algunos casos puede haber fiebre, debilidad general y signos de deshidratación, como sequedad de boca, disminución de la orina y mareo. Cuando la enteritis es crónica, pueden presentarse pérdida de peso, anemia y deficiencias nutricionales debido a la mala absorción de nutrientes.
El diagnóstico de la enteritis se basa en la evaluación clínica y en el análisis de los síntomas, así como en los antecedentes del paciente. Dependiendo del caso, el médico puede solicitar estudios de laboratorio, como análisis de sangre para detectar signos de inflamación o infección, estudios de heces para identificar bacterias, virus o parásitos, y pruebas de imagen como ultrasonido o tomografía. En situaciones más complejas o crónicas, puede ser necesaria una endoscopia con toma de biopsias para evaluar directamente el estado del intestino delgado.
El tratamiento de la enteritis está dirigido principalmente a la causa subyacente y al alivio de los síntomas. En la mayoría de los casos agudos de origen infeccioso, el manejo es de soporte, priorizando la hidratación adecuada mediante líquidos orales o intravenosos y una dieta ligera. Los antibióticos solo se utilizan cuando se confirma una infección bacteriana específica que lo amerite. En la enteritis crónica o autoinmune, el tratamiento puede incluir antiinflamatorios, inmunosupresores o terapias biológicas. En la enteritis por radiación o medicamentos, es fundamental ajustar o suspender el tratamiento causal, bajo supervisión médica.
La prevención de la enteritis se centra en medidas de higiene y cuidado de la salud digestiva. Lavarse las manos adecuadamente, consumir agua potable, evitar alimentos en mal estado y mantener una correcta cocción de los alimentos reduce significativamente el riesgo de infecciones intestinales. En personas con enfermedades crónicas del intestino, el seguimiento médico regular y el apego al tratamiento son claves para evitar recaídas y complicaciones.
En resumen, la enteritis es una inflamación del intestino delgado con múltiples causas y manifestaciones clínicas. Aunque en muchos casos es una condición transitoria, también puede convertirse en un problema persistente si no se identifica y trata adecuadamente. Un diagnóstico oportuno y un manejo adecuado permiten aliviar los síntomas, prevenir complicaciones y mejorar la calidad de vida del paciente.
