Artritis reumatoide
La artritis reumatoide es una enfermedad inflamatoria crónica de origen autoinmunitario que afecta principalmente a las articulaciones, aunque también puede comprometer otros órganos y sistemas del cuerpo. Se produce cuando el sistema inmunológico, que normalmente protege al organismo de infecciones, ataca por error el revestimiento interno de las articulaciones, conocido como membrana sinovial. Este proceso desencadena inflamación persistente, dolor y daño progresivo de las estructuras articulares.
Esta enfermedad puede presentarse a cualquier edad, aunque es más frecuente entre los 30 y 60 años, y afecta con mayor frecuencia a las mujeres. Su causa exacta no se conoce por completo, pero se sabe que intervienen factores genéticos, hormonales y ambientales. El tabaquismo, algunas infecciones y la predisposición hereditaria aumentan el riesgo de desarrollarla. No es una enfermedad contagiosa ni se debe al desgaste normal de las articulaciones.
La artritis reumatoide se caracteriza por una inflamación simétrica, lo que significa que suele afectar las mismas articulaciones en ambos lados del cuerpo. Las articulaciones más comúnmente comprometidas son las de las manos, muñecas, pies, rodillas y tobillos. Uno de los síntomas más característicos es la rigidez matutina, que dura más de una hora y mejora gradualmente con el movimiento. También son frecuentes el dolor, la hinchazón, el enrojecimiento y la sensación de calor en las articulaciones afectadas.
Además de los síntomas articulares, la artritis reumatoide puede provocar manifestaciones generales como fatiga persistente, fiebre leve, pérdida de peso y malestar general. Con el tiempo, la inflamación crónica puede causar deformidades articulares, pérdida de movilidad y disminución importante de la calidad de vida si no se recibe tratamiento adecuado. Estas deformidades se deben al daño progresivo del cartílago, los huesos y los ligamentos que estabilizan las articulaciones.
La enfermedad no se limita únicamente a las articulaciones. En algunos pacientes, puede afectar otros órganos, dando lugar a complicaciones extraarticulares. Entre las más frecuentes se encuentran la afectación pulmonar, como la enfermedad pulmonar intersticial; problemas cardiovasculares; inflamación de los ojos; anemia; y la aparición de nódulos reumatoides bajo la piel, especialmente en zonas de presión como los codos. Estas manifestaciones suelen asociarse a formas más activas o avanzadas de la enfermedad.
El diagnóstico de la artritis reumatoide se basa en la combinación de síntomas clínicos, exploración física, estudios de laboratorio y pruebas de imagen. Los análisis de sangre pueden mostrar la presencia del factor reumatoide y de anticuerpos anti-CCP, así como marcadores de inflamación elevados. Las radiografías, ecografías y resonancias magnéticas permiten evaluar el grado de daño articular y detectar cambios tempranos que no siempre son visibles en etapas iniciales.
El tratamiento de la artritis reumatoide tiene como objetivo controlar la inflamación, aliviar el dolor, prevenir el daño articular y mantener la función física. Para ello se utilizan distintos grupos de medicamentos, como los antiinflamatorios no esteroideos, los corticoides y, de forma fundamental, los fármacos modificadores de la enfermedad. Estos últimos ayudan a frenar la progresión del daño y deben iniciarse lo antes posible tras el diagnóstico. En casos más severos, se emplean terapias biológicas dirigidas a componentes específicos del sistema inmunológico.
El manejo de la enfermedad no se limita al tratamiento farmacológico. La fisioterapia, el ejercicio controlado, la terapia ocupacional y el apoyo psicológico son pilares importantes para mejorar la movilidad, reducir la rigidez y ayudar al paciente a adaptarse a las limitaciones funcionales. Mantener un estilo de vida saludable, evitar el tabaquismo y controlar otros factores de riesgo también contribuye a un mejor pronóstico a largo plazo.
En conclusión, la artritis reumatoide es una enfermedad crónica y compleja que requiere diagnóstico temprano y tratamiento integral. Aunque no tiene cura, los avances médicos han permitido mejorar significativamente el control de la enfermedad y la calidad de vida de quienes la padecen. Un seguimiento médico constante y un abordaje multidisciplinario son esenciales para prevenir complicaciones y mantener la funcionalidad del paciente a lo largo del tiempo.
