Fístula anal: causas, síntomas, diagnóstico y tratamiento de esta afección
La fístula anal es una comunicación anormal que se forma entre la parte interna del ano o del recto y la piel que se encuentra alrededor del ano. Generalmente aparece como consecuencia de una infección que comenzó en una glándula anal y que posteriormente produjo un absceso. Cuando este absceso drena, ya sea de manera espontánea o mediante un procedimiento médico, puede quedar un pequeño conducto que conecta el interior del canal anal con la superficie de la piel. Este conducto es lo que se conoce como fístula anal.
Las fístulas anales pueden provocar molestias persistentes y, aunque en algunos casos los síntomas son leves, generalmente requieren valoración médica porque rara vez desaparecen por sí solas. Su tratamiento depende de la ubicación de la fístula, de la cantidad de tejido involucrado y de si existen otras enfermedades que puedan estar relacionadas con su aparición.
Uno de los principales antecedentes de una fístula anal es el absceso perianal. Las glándulas que se encuentran dentro del canal anal pueden obstruirse y favorecer la proliferación de bacterias. Como consecuencia, se acumula pus y se desarrolla un absceso. Si la infección encuentra una vía hacia la piel, el contenido puede drenar y aliviar temporalmente el dolor. Sin embargo, el trayecto que quedó entre el absceso y la superficie puede permanecer y convertirse en una fístula.
El síntoma más característico es la presencia de secreción cerca del ano. Esta puede ser de pus, sangre o un líquido con olor desagradable y puede aparecer de manera intermitente. Algunas personas observan una pequeña abertura o lesión en la piel cercana al ano que parece cerrar durante algunos periodos y posteriormente vuelve a inflamarse o a drenar.
También pueden presentarse dolor, irritación, comezón y enrojecimiento alrededor del ano. El dolor puede aumentar al sentarse, caminar o evacuar. En ocasiones, la fístula se acompaña de episodios repetidos de inflamación porque el trayecto se cierra temporalmente y vuelve a acumularse material infeccioso.
Cuando se forma nuevamente un absceso, puede aparecer una inflamación dolorosa, aumento de temperatura en la zona y, en algunos casos, fiebre. Un absceso anal requiere atención médica, especialmente si el dolor es intenso o la inflamación aumenta rápidamente.
Existen diferentes tipos de fístulas anales. Su clasificación depende principalmente del recorrido que sigue el conducto con respecto a los músculos que controlan la continencia fecal. Algunas son relativamente superficiales y otras atraviesan una mayor cantidad de tejido muscular. Esta diferencia es importante porque determina qué tratamiento puede realizarse con menor riesgo de afectar el control intestinal.
El diagnóstico comienza con una evaluación médica de la zona anal y perianal. El especialista puede identificar la abertura externa de la fístula y, en algunos casos, localizar el trayecto mediante la exploración física. Dependiendo de la complejidad, pueden ser necesarios estudios de imagen como la resonancia magnética de la pelvis o la ecografía endoanal.
La fístula anal no suele curarse únicamente con antibióticos. Los antibióticos pueden ser necesarios cuando existe una infección determinada o en pacientes con circunstancias específicas, pero no suelen eliminar por sí mismos el conducto que constituye la fístula. Por esta razón, muchas fístulas requieren un procedimiento quirúrgico.
El tratamiento más adecuado depende de las características de cada caso. Una de las técnicas utilizadas es la fistulotomía, que consiste en abrir el trayecto de la fístula para permitir que cicatrice progresivamente desde el interior. Es una opción frecuente en determinadas fístulas simples, especialmente cuando el procedimiento puede realizarse sin afectar una cantidad importante del músculo esfínter.
Cuando la fístula atraviesa una cantidad considerable del esfínter anal, pueden utilizarse técnicas que buscan preservar este músculo. Entre ellas se encuentra la colocación de un setón, que es un material que se introduce a través del trayecto fistuloso para mantenerlo abierto y permitir su drenaje. Dependiendo del caso, también pueden utilizarse procedimientos quirúrgicos especializados destinados a cerrar la fístula sin cortar una parte importante del esfínter.
Las personas con enfermedad de Crohn tienen un riesgo mayor de desarrollar fístulas perianales. En estos casos, el tratamiento puede ser diferente porque la fístula forma parte de una enfermedad inflamatoria intestinal. El manejo puede requerir medicamentos específicos para controlar la inflamación, además de procedimientos destinados a tratar la fístula.
Es importante no intentar abrir, exprimir o drenar una lesión alrededor del ano por cuenta propia. Estas acciones pueden aumentar la inflamación, favorecer la propagación de la infección o provocar lesiones adicionales. También es recomendable evitar retrasar la valoración médica cuando existe secreción persistente, una abertura que no cicatriza o episodios repetidos de inflamación.
La atención debe ser especialmente rápida cuando aparecen fiebre, dolor intenso, inflamación importante, enrojecimiento que aumenta, dificultad para evacuar o un empeoramiento repentino de los síntomas. Estos signos pueden indicar la presencia de un absceso que necesita drenaje médico.
La fístula anal es, por tanto, una afección que suele estar relacionada con infecciones y abscesos previos y que puede mantenerse durante largos periodos si no se trata adecuadamente. Aunque puede causar molestias y afectar la calidad de vida, existen diferentes alternativas terapéuticas. La valoración por un especialista, generalmente un cirujano colorrectal o un cirujano con experiencia en enfermedades anorrectales, permite determinar la ubicación y complejidad de la fístula y elegir el tratamiento más seguro.
